
Antes, en el siglo XVII y principios del XVIII, se creía en Londres que el agua contaminada del río Támesis podía mejorar notablemente el sabor del ale, y hacerlo aún más fuerte. El ale es una cerveza rubia británica, hecha a partir de la malta. En el Brewer´s Guide of London, de 1702, aparece esta perla: “El agua del Támesis, extraída cerca de Greenwich durante la bajamar, cuando está libre de toda la salinidad del mar y concentra toda la grasa y mugre de la gran ciudad de Londres, produce bebidas muy fuertes. Fermenta maravillosamente y, luego de las debidas filtraciones, el ale es tan fuerte que varios capitanes de barco me han dicho que con frecuencia embriaga a sus marineros”.
Los libios, hace casi dos mil cuatrocientos años, tenían una manera muy singular de prevenir las grandes borracheras que dieran resaca: ¡mezclaban el vino con agua salada! Esto le sabía tan mal que nunca se emborrachaban hasta el punto de sufrir la resaca. Y se la pasaban gran parte de la fiesta vomitando.
La costumbre de que los hombres abracen a sus mujeres se originó, según Joseph Haydn, en su Dictionary of Dates, entre los antiguos romanos, no por respeto o afecto, sino para saber si tenían aliento alcohólico. Era un delito que las mujeres bebieran vino, porque hacerlo las llevaba a cometer adulterio.
Los militares holandeses tenían la costumbre de tomar ginebra antes de cada batalla. De allí salió, probablemente, la expresión peyorativa inglesa de dutch courage, valentía holandesa, para burlarse de los holandeses que debían tomar licor para reforzar su valor en combate.
En un hospital británico se incluía, en 1632, cinco litros de cerveza en la dieta alimenticia semanal para los enfermos niños.
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