
Cuando en el número cuatro de Cocina y Vino se presentó el trabajo “El amo del valle”, la leyenda de Armando Scannone apenas comenzaba: se había publicado el segundo volumen de Mi Cocina y coincidía con un despertar a los sabores de lo nuestro, con el proceso de formación o las primeras experiencias frente a los fogones de los miembros de una generación de cocineros destinados a redescubrir sabores propios de la mesa venezolana y darles su justo valor dentro de nuestra fronteras, así como llevarlos a diferentes partes del mundo, donde comenzaron a conocer acerca de los matices del ají dulce o el dulzor del papelón en un contexto no sólo de exotismo sino de propuesta gastronómica seria.
Han pasado casi dos décadas desde la amplia semblanza dedicada al autor de libro más importante de nuestra gastronomía y casi treinta años desde la publicación del primer volumen de Mi cocina, a la manera de Caracas, al libro rojo lo han sucedido el azul, el amarillo y el verde, y lo que se ha ganado, aparte de la confirmación del valor de las recetas que Scanonne celosamente reconstruyó en su cocina a partir de estampas de la memoria, rigor científico y entusiasmo, es la posibilidad tener la indispensable distancia histórica.
¿Qué han significado sus libros para el ámbito local? ¿Cómo han impactado la vitalidad y efervescencia de la que desde hace algunos años parece disfrutar la gastronomía vernácula? ¿Cómo asume la responsabilidad que muchas veces recae sobre él en los derroteros de los oficiantes de nuestros fogones? Armando Scannone vuelve a ser tema de portada para colocarlo frente a su legado, para registrar de fuente viva las impresiones de uno de los pilares de la educación del paladar de los venezolanos.
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