
Alguien me preguntó una vez sobre mi desayuno ideal. “Hay tantos- contesté- un desayuno para cada circunstancia: momento, compañía, paisaje”. En verdad, hay tantos desayunos como estados de ánimo existen. Hay un desayuno para cuando uno tiene prisa y para cuando no. Hay un desayuno para cuando uno se siente desfallecer, exánime, y necesita recuperar fuerzas perdidas. Hay un desayuno que uno toma en soledad y otro en compañía. Hay un desayuno para cuando se está de vacaciones en el llano, o en la selva, o en pleno páramo. Hay un desayuno para superar la tristeza y otro para festejar la alegría. Hay un desayuno imprescindible para acometer grandes empresas.

Ahora les contaré sobre un desayuno que disfruté una vez a orillas del río Apure, en las afueras de San Fernando. Era un día domingo, no había prisa, y nos distraíamos, los amigos en ruta para un largo viaje desde el llano hasta la selva, contemplando el caudaloso río, mientras la gente, vecina a nuestra mesa, se saludaba con gritos y carcajadas. Estábamos sentados, a la sombra de techumbres de grandes hojas de palma. La mañana estaba clara y fresca, corría la brisa, y se oía el ímpetu de las aguas del gran río.
Explico el momento, la compañía y el paisaje, porque eso fue lo que hizo que aquel desayuno resultara inolvidable.

Aunque la comida no hubiese sido la mejor, ya ese desayuno era inolvidable.
Y lo fue más aún, cuando llegó, a la mesa, servida en bandejas de madera, la comida: olorosos trozos de cochino frito, de exquisito sabor y firme textura, de atractivo color externo y jugosa carne bien cocida por dentro. Ruedas de grueso queso de mano, tan fresco que estaban servidos en su propio suero. Las capas que lo componían se podían separar fácilmente con los dedos. En la boca, los trozos de queso soltaban su leche deliciosa. El olor era inconfundible a ramas de mastranto, o quizás algún olor del
campo venido desde lejos se había enredado en el cuerpo del queso, perfumándolo. La sabrosa yuca, sancochada y frita, presidió la mesa. Los trozos de yuca, de un color blanco, unos, y otros, crema, se confundían en el platón donde fue servida. Y nada más, salvo el refrescante jugo de tamarindo que lo acompañaba.
Han pasado varios años desde aquel desayuno, y yo todavía lo recuerdo. Algo me tocó la fibra más profunda de mi ser, y ahora forma parte de mí.
Desde entonces, cuando me hablan de desayunos ideales, mi recuerdo evoca aquella mañana a orillas del río Apure, cerca de San Fernando.

Ingredientes:
2 kilos de carne de cochino con poca grasa y cortada en trozo
2 limones
2 tazas de agua
2 dientes de ajo
Sal y pimienta
Preparación
Frote la carne con limón y lávela con abundante agua. Una vez limpia, frótela con ajo, sal y pimienta. En un caldero coloque la carne con las 2 tazas de agua, cocínelas revolviendo ocasionalmente hasta que se evapore el agua. Fríala en su propia grasa hasta que quede doradita.
Acompañe con arroz y tajadas de plátano
Preventa 2013
Views : 514
Únete a la Giga Pudding manía
Views : 5553
Master class con Andy Gelmmel
Views : 167695
Deliciosa tapa con boconccinis
Views : 580